Mujer que camina

"…¡pero eso sí! -y en esto soy irreductible… Si no saben volar ¡pierden el tiempo conmigo!"O. Girondo.

La loba de la manada

Filed under: Sin categoría — Raquel León at 10:02 am on miércoles, mayo 11, 2016  Tagged

Por Raquel León Rodríguez

El maltrato animal y la equidad social son temas álgidos que se escuchan, miran y comentan diariamente en la palestra informativa de Costa Rica, y en cada una de estas causas aparecen muchos actores que trabajan desde sus trincheras para lograr un cambio positivo en nuestra cultura.

Sin embargo, hay personas que han encontrado en el activismo social, una manera de reinventarse y ver la vida desde otra óptica, y ese es el caso de la rescatista animal, Débora Portilla, quien a simple vista pareciera desenfadada y sin prejuicio, gracias a sus zapatos viejos, ropa de segunda y tatuajes “locos”, pero que basta con escucharla por unos minutos o verla moverse de un lugar a otro, para darse cuenta que en ella habita un mundo que se transforma constantemente al ritmo del bien común. Una mujer que encontró en los animales un norte para afrontar los días.

Portilla es una hija de Desamparados que vivió en el seno de una familia de cuatro hermanas, dos hermanos y su madre. Ella no tiene reparo en confesar que hechos de su infancia la marcaron negativamente como el abandono de su padre, la muerte de un familiar muy querido, los resentimientos y las malas compañías.

“Yo fui muy dañina, estaba enojada con la humanidad, fui muy violenta- porque según yo- no tenía nada que perder, no me importaba morirme”, manifestó Portilla.

Gran parte de su juventud la invirtió abucheándose a sí misma, en riñas callejeras, temporadas entre la depresión y el licor, sin embargo, un poco después de su cuarto de siglo, encontró un estímulo que la catapultó para siempre hacia una nueva era; gracias a un voluntariado en bienestar animal que realizó en la “Casita Azul” en Guadalupe, descubrió una renovada forma de ver la vida, los animales la ayudaron a descubrir en ella un instinto colaborador y compasivo ante otros seres vivos, convirtiéndola así en una rescatista.

“En los animales encontrás una terapia, ellos tienen un amor incondicional… Me dieron la oportunidad de cambiarle la vida a los animales, y eso me la cambió a mí”, aseveró la rescatista.
Es así como desencadenó un movimiento de rescate animal, el cual empezó con adopciones responsables de perros -y gracias a los aliados que conoció en el camino- promulgó campañas de castración en lugares de riesgo social. Para muestra de ello, esta costurera de oficio, fundó en el año 2009 el proyecto denominado Costa Rica Guao, el cual nació con el fin de rescatar perros de la calle, así como fomentar la sana educación en materia de bienestar animal en nuestro país. Gracias a su convicción y empeño ha logrado darle un hogar a más de 3000 “zaguates”.

No obstante, luego de un proceso de sanación y su férrea lucha por los derechos de los animales, encontró en el camino, otro motivo para seguir; durante algunas de sus campañas de castración en zonas de riesgo social, conoció La Carpio, lugar ubicado en el distrito la Uruca en San José, y es en este espacio donde logra reconciliarse con los seres humanos.

La Carpio es mi primer hogar, desde el primer día fui bienvenida, y a pesar de la carencia que enfrentan las personas que viven en ese lugar, no dudan en dar de lo poco que tienen, y eso nunca antes nadie me lo había enseñado”, aseveró la rescatista.

Es por eso que hace doce años, esta mujer de carácter aguerrido, además de fomentar el bienestar animal en esta zona de la capital, también se ha convertido en un agente de cambio para muchos de los habitantes de la Carpio, en especial para las mujeres de la comunidad, a quienes ella de cariño llama “mis hermanas lobas”.

Es común ver a esta activista “callejera” liderando eventos culturales que provocan un llamado a la conciencia para alcanzar el respeto hacia todas las clases de vida. Tal es el caso del proyecto “5 Kilómetros de Graffiti por la Paz. Alto al maltrato de todo tipo”, en donde gracias a la unión de varios artistas, se pretende llenar las paredes de la Carpio con murales cargados de arte.

Esta mujer de buen verbo, ojos grandes, lágrimas a flor de piel y sencillamente humana con su ejemplo demuestra que para cambiar el mundo hay que empezar primero por el de uno mismo.

Tomada del muro de Débora Portilla

El mecánico tiene quien le escriba

Filed under: Sin categoría — Raquel León at 3:56 pm on lunes, julio 13, 2015

Siempre quise a una persona que no tuviera miedo a volar y encontré a alguien que sabe reparar aviones.

Por: Raquel León Rodríguez

Sentado en una banca de color rojo, me mirabas con esos ojos de susto y algo avergonzados. El traje celeste, arrugado y unas sandalias viejas te vestían esa tarde de sábado que te fui a visitar. Era la tercera -y la vencida- ocasión que pasabas por ese proceso. La sala número 28 del cuarto piso del Hospital México se convirtió en la habitación del “hotel cinco estrellas” a la que le encontrabas el lado amable. El cáncer de tiroides te interrumpía la vida de nuevo y la operación era necesaria.
La cicatriz que llevás del lado izquierdo, esa que la gente a veces te mira porque le parece grande, no es nada en comparación con las vidas que tenías al lado de la cama: un amigo con cáncer gástrico muy avanzado, y otro hombre con problemas en su esófago. Ellos se convirtieron en tus cómplices, tus camaradas de enfermedad. Ellos-al igual que vos- eran soldados de cabecera y su único motivo, más allá de sufrir su padecimiento era de salir victoriosos de esa lucha en las trincheras de las jeringas, la quimioterapia y los pasillos oscuros del salón.
Las horas parecían no irse, algunas películas te ayudaron a pasar la noche. A veces veías hacia ese ventanal que daba a la calle, el que parecía un cuadro de Picasso: tan complejo y abstracto, ese al que te acercabas para verme tomar un taxi. El sentido del humor te rodeaba, no te gustaba la comida y le recibías los postres a la señora que te regaló una estampita de María Auxiliadora.
Las tardes de esa semana de junio fueron hermosas, algunos pensarían que era una ironía del cielo regalar ese espectáculo a quienes solo podían verlo desde una ventana, pero vos sabías que era una promesa, un mensaje de vida, un mensaje de amor.
Sos mecánico de aviación, sabés de armar y desarmar, conocés las partes grandes, las tuercas y los tornillos. No en vano te identificás con los doctores que te iban a explorar. Ellos también conocen las partes del cuerpo, inclusive las tienen numeradas, pero la ansiedad reflejada en el movimiento constante de tus manos fue la delatora de tu angustia, no eras un novato, pero tampoco de hierro. Seis días pasaron para que te pasaran a la sala de operaciones. El momento que esperabas por fin te abrazó, una mascarilla y las palabras de la anestesióloga te acompañaban en ese sueño que estabas a punto de descubrir. Un poco más de tres horas fueron suficientes para sacar a los invasores, todo había salido de la mejor forma y el corazón de cada uno de tus cercanos volvía a su estado.
Sos un caso particular- lo dicen las estadísticas- la probabilidad de que un hombre sufra cáncer de tiroides es menor, pero lo enfrentaste con la misma energía de las versiones anteriores.
Ahora tenés otra cicatriz para cuidar y sé que pensás que estéticamente no se ve bonita, pero dejáme decirte que te equivocás. Esa línea corrugada que te atraviesa el cuello parece un broche en el saco de algún guerrero que salió vencedor de su misión. Esa marca que cuelga cerca de la oreja es un cuento que recitarás a los tuyos cuando decidás hablar de tus luchas.
La sutura que te acompaña es de los pincelazos más perfectos que alguna vez pudieron dar. Esta representa una herida que sanó, una parte de vos que sigue viva. Un signo de admiración para quien te conoce.
Siempre me decís que admirás la forma en puedo expresar mis ideas, pero soy yo quien admira la manera en que vos podés enfrentar las circunstancias: ¿quién con las alas lastimadas puede seguir volando? Alguien que sabe de aeroplanos.

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La vida después de un ladrido

Filed under: Sin categoría — Raquel León at 10:05 am on viernes, mayo 8, 2015

Raquel León Rodríguez

Documentales, historietas y libros hablan de la convivencia entre seres humanos y animales. Por ejemplo, John Grogan escribió una autobiografía sobre su experiencia de vida y su perro: Marley & Me. Historia que posteriormente fue llevada al cine; un labrador haciendo encantadores destrozos. ¡Pues sí! Hasta ese momento no había visto más que una escena enternecedora de un animal que le cambió la vida a sus dueños. Pasé la niñez y la adolescencia sin una mascota, pero los 25 años escuché el ¡guao!.

El 19 de diciembre del 2014 empezó mi bitácora. Una golden retriever con cara de asustada, ojos oscuros y su lengua enorme estaba perdida. No pude dejarla sola en ese cruce plagado de vehículos, por eso decidí llevarla a mi casa mientras buscaba a su dueña.
Redes sociales, avisos y llamadas. Me encariñaba con la perrita de año y medio, pero por su collar sabía que era de alguien más. Un día de tantos, como en esos pasajes de los cuentos, encontré a una señora mayor que había perdido a su mascota. No recuerdo su nombre, pero si las palabras que me dijo: “estoy enferma, no puedo seguir cuidando a la perrita ¿se la quiere dejar?

¡Bienvenida Frida! Mi milagro “perruno”. Quienes viven con uno de estos seres deben de tener la misma cara que pongo yo mientras hablo de ella. Un sillón lleno de pelos, zapatos mordidos y una dosis diaria de felicidad es el resultado de una de las experiencias más divertidas de mi vida.
Curiosamente no soy la única a la que le ha puesto todo de cabeza. Mi papá hace ejercicios con Frida en las mañanas, mis hermanos juegan con ella y mi mamá le da comida. Antes éramos una familia de cinco, ahora somos seis.

Admiro su mirada agradecida cuando regreso del trabajo, su cola moviéndose cuando quiere algo, pero más que eso, admiro su capacidad de quererme aunque haya tenido un mal día. Frida no tiene alas, sino cuatro patas. Frida no habla, pero me escucha. Frida come hielo porque le encanta, pero me calienta el corazón cuando me abraza. Esta perrita es otra lección de vida, un preámbulo de buenos augurios, sin mucho adorno es mi “serendipia”.
Frida

Mi abuela: la que pinta

Filed under: Sin categoría — Raquel León at 10:29 pm on miércoles, noviembre 26, 2014

Raquel León Rodríguez

Para: Mima

“—«Calla, calla, princesa —dice el hada madrina—;
en caballo, con alas, hacia acá se encamina,
en el cinto la espada y en la mano el azor,
el feliz caballero que te adora sin verte,
y que llega de lejos, vencedor de la Muerte,
a encenderte los labios con un beso de amor».” (Sonatina R. Darío)

Un lápiz de color verde reposa junto al Divino Niño, El Rosario y la lámpara en la mesita de noche. Mi abuela lo dejó ahí por aquello del desvelo que le dejó la muerte de su esposo.

Zeneida, sabe que pintar le sale mejor que la primera letra de su nombre. Nombre que garabatea porque tal vez no le enseñaron a escribirlo bien y poco lo repite porque no sabe leerlo, pero qué importa ese detalle si se sabe de memoria de que color es el árbol o el Mickey Mouse del libro para colorear que le trae su hija.

– “A veces me salgo de la línea, pero no importa porque no se nota.”-

La silla café que la sostiene está marcada por las puntas de los lápices que prueba antes de usarlos en el papel. Los lentes le estorban tanto como el florero con rosas plásticas que se rehúsa a tirar. Lleva apiñada una torre de casi 50 libros para colorear, todos con tonos verdes, azules y rosados. Ella mientras mueve su mano derecha al son de una punta gastada evita hablar mucho.

Cabizbaja, ida y con el abrigo café se complace con sus lienzos de papel periódico. Escucha la cafetera, al perico y procura levantarse hasta que la cola del gato que pinta se haya poblado de negro con manchas blancas, ese animalito que le recuerda al que tuvo y se fue.

Una candela que le sirve para rezar y darle matiz al color de sus “plumas”, esa luz que le ilumina las canas.

Desde la ventana que separa mi casa de la suya, la miro y ella no sabe de mi presencia porque sigue con su arte de salirse de las líneas. La llamo para que me “tire” su bendición, su cabeza se levanta y sin más exhortaciones me grita: ¡Qué la Sangre de Cristo la cubra! ¡Adivine lo que estoy pintando!.

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La afición

Filed under: Sin categoría — Raquel León at 9:25 am on jueves, octubre 16, 2014

Por: Raquel León Rodríguez

-¡Vamos “Sele”!- Gritó el chofer mientras cambiaba de marcha.

La Selección Nacional de Fútbol aventajada a su similar de Corea del Sur dos goles por uno, cuando el señor del “radiecito” subió al bus, la lonchera del almuerzo en la mano derecha, la izquierda en la baranda y el radio en la bolsa de su camisa blanca. El señor escuchaba el partido sin usar audífonos, pero a ninguno de los pasajeros le importó que no hiciera.

Todos estaban atentos al narrador de Deportes Monumental y el caballero de la radio le subió el volumen porque los de atrás se lo pidieron. La afición era intermitente, unos bajaban otros subían pero el balón seguía rodando en la cancha de aquel estadio del otro lado del mundo y los comentarios sobre el recuerdo de “Pinto” se colaron entre los asientos.

El radio de antena daba una clara señal esa mañana, una señora llenó el bus con aroma de café recién hecho y el tercer gol de Costa Rica alcanzó a los pasajeros, ninguno llevaba camiseta de la “Sele”, pero el rostro en particular de un aficionado parecía al de Bryan Ruíz cuando le anotó el gol a Italia en el pasado Brasil 2014.

Ticos, nicaragüenses y otros acentos que no se lograban identificar por el ruido de la radio evocaban el casi triunfo de la Tricolor, el timbre empezó a sonar más seguido, eran casi las siete de la mañana y la afición no pudo escuchar el pitazo final, el dueño de la radio, ese hombre de estatura pequeña, escasos cabellos y nariz puntiaguda había llegado a su destino.

Algunos se colocaron los audífonos, otros hablaron del trabajo, el desayuno o el titular de la “Teja”.
-¡Tengan buen día! porque hoy ganó la “Sele”- vaciló un fulano.

De «likes» y otros demonios

Filed under: Sin categoría — Raquel León at 10:37 pm on martes, octubre 7, 2014

Por Raquel León Rodríguez

“Me gusta”, “le gusto”, “todos nos gustamos”. En estos días de redes sociales, teléfonos inteligentes y demás datos curiosos, todo nos resulta más fácil de ver, la información está al alcance de un botoncito o al sonido de una notificación, sin embargo, llevo días preguntándome cuándo fue que pasamos de dar “likes” en vez de dar opiniones.
Ahora defendemos causas cuando compartimos la foto de un niño con hambre o protegemos al ambiente porque le dimos “me gusta” a una organización sin fines de lucro que protege los mantos acuíferos de alguna parte del mundo. A ese nivel de letargo nos hemos acomodado, porque es más fácil, no generamos mucha roncha y no tenemos que salir de casa porque así no nos mojamos ¡Con esta lluvia no hay paraguas que aguante!.
Eso de salir a pedir firmas, marchar pacíficamente, rescatar animales y recorrer las calles está “out” para esta temporada. Es más, opinar responsablemente sobre temas de interés social, político o cultural es un lujo que pocos se quieren dar, para qué si se puede hablar todo el día de las nalgas peladas de Lady Gaga o del conejo que sale del sombrero de un mago.
Pero tranquilos, no pasa nada, mañana temprano compartimos alguna frase motivacional le damos la bienvenida al nuevo mes y así seguimos hasta que se nos descargue la “compu” o el “cel” y seamos nuevamente esos “revolucionarios” en redes sociales.

Es mejor que digan aquí corrió… qué aquí murió

Filed under: Sin categoría — Raquel León at 9:22 am on lunes, agosto 11, 2014

Por Raquel León Rodríguez

Está comprobado, los ticos criticamos todo, y cuando digo todo es todo. Ahora resulta que a más de uno le incomoda esa “modita” que tiene la gente de salir a correr. Critican a los famosos “runners”, esos que salen a trotar por las calles con las tenis fosforescentes y el “IPod” puesto en el brazo derecho, o bien a los que ahora se apuntan a las famosas carreras de los domingos por la mañana.

“¡Qué cansado!”- eso escuché un día estos- el tico se cree “cool” porque practica algún deporte. Pues, con toda la pena del mundo, solo me resta decirle a los que no están de acuerdo con esa moda: ¡salados!

De acuerdo con una nota publicada por el periódico La República en mayo del 2012, Costa Rica es uno de los seis países latinoamericanos con mayor porcentaje de obesidad, según el Congreso Latinoamericano de Obesidad, y esto no se trata meramente de un tema físico, es bien sabido que los problemas de sobrepeso generan enfermedades crónicas como: diabetes, presión alta y hasta algunos tipos de cáncer.

Jóvenes y adultos, ninguno de ellos se escapa de visitar con frecuencia las clínicas por problemas relacionados con el tema del sedentarismo y mala alimentación, pero sin mucha sorpresa, estos padecimientos podrían evitarse si de vez en cuando nos diera por desempolvar las tenis que nos trajo el “Niño” en Navidad.

Es decir, si mejorar la calidad de vida de las personas está de moda, pues alegrémonos, que importa si es corriendo, nadando o jugando mejenga en una plaza, ya bien lo dicen por ahí “lo que no se mueve se apelota”.

Según un estudio de la Universidad de Carolina del Sur (EE.UU.), uno de los beneficios de correr es que ayuda a pensar mejor. Cuando se realiza esta actividad el cansancio mental se reduce, además es un método genial para evitar la depresión.

¡Ojo! Cuántos dolores de cabeza menos tendríamos por día, cuánto se reduciría la pitadera y la falta de respeto en las calles del país, o mejor aún, la cantidad de criticones bajaría considerablemente.

Claro está que para realizar cualquier actividad física debemos tomar las previsiones del caso, cuidar la alimentación, los calentamientos antes de empezar a moverse, inclusive el lugar donde decidamos ejercitarnos debe ser seguro.

¡Anímese! ¡Póngase de moda! No escuche la vocecillas de la gente que se siente cómoda en el sillón viendo tele o si usted piensa que hay que hacer el bien sin mirar a quien, invite a alguien a “echarse una corridilla”.¡A correr!

Rómpase en caso de emergencia

Filed under: Sin categoría — Raquel León at 5:29 pm on domingo, agosto 3, 2014

 

Por: Raquel León Rodríguez

 “Cuando sientas que el mundo se te viene encima no trates de deternerlo, apártate y déjalo caer y desde el borde del cráter que abrió, patéalo y entiérralo que mientras tengas vida, podrás construir todos los mundos que quieras» Rodolfo Fernández

 

¿Crisis del cuarto de siglo? Veinticinco años. Ya no son quince años, ni veinte  y los treinta están a la vuelta de la esquina. A esa edad una mujer es joven, pero ya no es una chiquilla. Dicen que es una “joven adulta”; joven porque aún no tiene arrugas y adulta porque debe asumir una serie de responsabilidades: trabajo,  familia, demás círculos sociales.

 A los veinticinco años se ha avanzado algo, pero falta recorrer una carrera completa desde acá hasta la Patagonia ida y vuelta. Una edad hermosa, pero es un buen punto de referencia para plantearse varias preguntas, o al menos tratar de responderse a uno mismo con sinceridad, esas dudas que aparecen justo cuando ser una “adulta joven” es todo un dilema: ¿Qué espero? ¿Qué espero que esperen los demás de mí? ¿Mí misma?

 Digo yo, a esta edad espero menos la aceptación de todas las personas en cuanto a como me visto, que me como o que música escucho, eso significa que hay cierto grado de madurez ¿cierto? Pero, me sigue molestando que me pellizquen los cachetes como a una bebé y que me pregunten ¿Por qué una mujer tan bonita no tiene novio?

Las “mañas” de muchos ya no se me pegan, sin embargo, aún disfruto ver un capítulo de Friends. Escribir en diarios, ya no lo hago, pero heme aquí, escribiendo para ustedes lo que debería estar contando a la luz de una mesita con media taza de café. Leo más que antes, escucho con más atención, pero sigo comprando ofertas de zapatos y me pongo sentimental con los finales cursis de las “pelis” gringas justo después de descubrir que mi periodo premenstrual comenzó.

Tengo veinticinco y tengo una profesión, salí del país, baje de peso. Tengo veinticinco, ocupo crecer como profesional, mejorar el curriculum, quiero una casita, una milpa y buenos bueyes, pero el tiempo apremia, soy una adulta joven en un mundo de adultos.  Sin duda, quiero ser una mejor versión de la muchacha de vestido celeste que apaga las velas del quince años, pero tampoco la colección de años no vividos de una mujer de novela de las que ven las señoras antes de acostarse.

Estoy a la mitad de la mitad de la vida, en sana teoría hacer este ejercicio de reflexión

no es un acto loco de una tarde de domingo en donde no tengo nada que hacer. Quiero “cambiarme” por un tema meramente personal que a la larga afectará mi área social. A veces, salir corriendo de las rutinas o los diálogos trillados de la gente es una hazaña; detenerse un momento y amarrarse otros cordones porque ya las zapatillas  que llevamos puestas deben cambiarse;  eso que llaman reinventarse.

Mercedes Sosa lo cantaba, “todo cambia”, entonces no tiene nada de malo, salirse de la vieja pijama de Mickey Mouse y empezar a dormir desnuda. En caso de incendio, ¿espero a que un bombero me rescate? O le doy de que hablar a los vecinos y me escapo por la ventana. De por sí, no siempre se le puede quedar bien a todo el mundo.

Ser la mejor parte de mi misma a los veinticinco para reírme de esto que escribo cuando tenga cincuenta. No sé si se pueda, pero para luego es tarde.

Tute

Tute

Monólogo en dos muletas

Filed under: Sin categoría — Raquel León at 8:50 pm on miércoles, julio 30, 2014

Por: Raquel León Rodríguez

                                                                            “No se puede morir con dignidad, se vive con ella». Gregory House.

  Estabas detrás del escenario esperando a que el presentador te llamara al frente para que contaras “alguito”.Todos tus amigos cercanos, compañeros de trabajo, tu esposa y los desconocidos de la barra escuchaban  atentos  los malos chistes de los concursantes que estaban antes que vos, faltaba poco, estabas  nervioso; era tu primera vez, era noche de “vírgenes” en el barcito cerca de Cuesta de Moras en la capital: El Lobo Estepario, igual que el libro del alemán Hermann Hesse, tal y como su protagonista   Harry Haller,   describiste  la relación con el mundo y vos mismo,  no con manuscritos sino  a través del micrófono oxidado y las luces mal logradas del lugar.

Llevabas meses planeando la rutina, ni siquiera, tu mujer, tenía  idea de lo que ibas  a hablar, vos no querías que se perdiera de la emoción de poder contemplarte en lo alto de un escenario.

 Escuchaste tu nombre: “Esteban Masís”, Tara se adelantó, luego vos y por último Celeste, los tres caminaron despacio; ellas tus fieles amigas con las cuales has tenido que “caminar” siempre, las muletas hablaron por sí solas. La gente te miró, las miraron a ellas, tus amigos y Karo te gritaban orgullosos. Estabas a apunto de hablar, seguiste  nervioso, pero ya no había tiempo para miedos, era tu momento. Vos querías incursionar en el “stand up comedy”.

  Naciste con espina bífida hace 29 años, la falta de ácido fólico de tu mamá en el embarazo te convirtió en un ser humano con discapacidad, pero ahí estabas de pie sostenido por un par de muletas para contarle a la gente del bar unos cuantos “chistes”, ese mismo lugar donde cada vez que entraste la gente te  veía “extraño”: “un mae con muletas en un bar” ¡Qué cosa más rara!

Con tu típica boina, camisa beige a rayas y tu “metro cuarenta y tres de estatura  como carta de presentación provocaron silencio en el “barcito esquinero”. No eras “típico” entre la gente, te salías de los estándares de la “normalidad”.

 “Ésta es cruel, pero con el paso del tiempo aprendí a “agarrarle” gracia; Las novias, las novias. Una carajilla, la muy puta me hizo esperar una semana para ver si quería ser mi novia, a la semana me dijo: “no porque usted tiene muletas” ¡Por culpa de esa hijueputa tuve que esperar hasta los 20 años para tener mi primera novia! Y fue por mi dinero… ¡Si “guevón”!

Como Jalisco te “rajaste” y todos en el lugar se rieron de tu sarcasmo y entre pequeños gestos de admiración sintieron entusiasmo de tus movimientos de cabeza y tus constantes “muletillas”

Le empezaste a caer  bien al público, sos un tipo con sentido común, pero eso siempre te lo enseñaron tus papás: “qué nadie te diga que no podés, vos sos normal, sólo que usás muletas”. La seguridad que manejabas en el escenario te ayuda a disimular el nervio latente. Seguías hablando, la gente se mofaba, pero aún no sabías si era de vos o de lo que contabas.

 Estabas en la esquina del antiguo “Hipermás” en San Sebastián, con tu bulto en la espalda, las muletas de lado, mientras esperabas a tu hermana. Un señor se te acercó y te preguntó: “¿Qué vende usted muchacho? Te dio una moneda de quinientos para que te “ayudaras”. Esa actitud te molestó mucho y le dijiste al caballero que no vendías nada, y te preguntaste a vos mismo: ¿Por qué una persona con muletas tiene que vender en la calle? Estabas harto de los estereotipos y las “ayudas” falsas e imprudentes de las personas.

 Se lo dijiste a la gente con tu buen sentido de humor, y fuiste  logrando tu objetivo, mientras tomabas un poco de agua, el sudor bajaba y las personas de la barra mientras bebían una cervecita escuchaban atentas tu relato, ahora se reían de tus anécdotas, pero al final de cada escena dibujada en tus palabras, se les notaba una cara distinta. Debía ser porque al igual que el señor de los “500 colones”, les había pasado lo mismo con alguien como vos.

            Los minutos se te hacían cortos, hablabas más relajado. Te estabas haciendo “grande” en el escenario, te sentiste casi igual  de “galán” como cuando conquistaste a Karo, esa mujer que es tu esposa; ella siempre te vio como “Esteban el mae inteligente”, ella nunca se fijo si tenías muletas. Situación curiosa, lo tuyo con ella era más una cuestión de actitud.

  Ni tu mamá creía que te casarías algún día, su instinto de madre no le permitió creerlo. “¿Qué vas hacer ahora? ¿Cómo te van a cuidar?”. ¡Oh madres, por dicha sólo hay una!

Pero bueno, según una nota del periódico La Nación  que publicó que en el  2008 de cada 10.000 niños, cuatro de ellos nacían con algún tipo de enfermedad congénita. Males como malformaciones en los ojos, oídos cara y cuello y otros problemas óseos, musculares y circulatorios eran en Costa Rica la segunda causa de muerte de los niños durante el primer año de vida.

 Sos un mae estudiado, con un buen brete, una casa alquilada en San Francisco de Dos Ríos y vivís con una linda esposa, tenés unos “tatas” que te aman y unas hermanas que nunca te trataron diferente ni te vieron como “el probrecito de muletas”, pero claro eso ante la vista de las personas no es visible, por eso cuando te ven en la calle te regalan plata,  o te hacen ojitos cuando vas al centro comercial.

Le contaste a la gente la famosa “entrevista” de trabajo en la que no  te dejaron  pasar de la recepción, la secretaria ni te recibió el curriculum y con cara amargada, así sin “anestesia” te dijo: “No, gracias usted no es el perfil que andamos buscando”.

“¿Perfil? ¿Y con qué se come?¡ Qué varas! Como si tener muletas fuese sinónimo de idiotez”;es cierto sos un chavalo con movilidad reducida y no podés andar corriendo  por la calle como el resto, pero sos un hombre con buenas notas en la u y con ganas  de bretear  como todo el mundo. Mundo bizarro éste.

En fin, de que te sorprendías si en este país casi   el 90% de la población no tiene idea de lo que es “espina bífida”, casi nadie sabe que  ocurre cuando algunas vértebras no logran cerrarse adecuadamente y que la malformación sucede  antes de que muchas mujeres hayan confirmado su embarazo. Por dicha en estos tiempos la medicina ha avanzado y este padecimiento se puede mejorar en el periodo de gestación.

Te faltaba un minuto para terminar el monólogo, eso del “stand up comedy” era lo tuyo, la gente disfrutaba de tu fina ironía, y los dejó asombrados ver que un   mae como vos estuviera  tan  confiado de su aspecto, te tocabas los lentes y sonreías al público, sólo te restaba decir: “¡gracias!”. Todos te aplaudieron, hasta los que no te conocían te querían abrazar ¡sos un chavalazo!

Terminaste, te bajaste del escenario y caminaste hacia la mesa donde estaba “tu gente”, ahora sólo quedaba esperar que el jurado diera el veredicto del  ganador.

El presentador de voz gruesa, cejas grandes y humor sarcástico llamó a todos los concursantes, estabas nervioso, para ser tu primera vez lo hiciste muy bien, la gente expectante aplaudía, y como final de infarto era tu nombre el que gritaba la gente. Sí, Esteban, ya no eras el “mae de las muletas” te convertiste en el primer lugar del “stand up comedy”. ¡Qué chuzo de mae!.

Luego de ese logro te ganaste un espacio en los escenarios de algunos bares los fines de semana,  mejoraste tus rutinas porque le gustás al público.

Te creíste tanto el papel que te ganaste contando tu historia que ahora hasta los miércoles  te presentás en otro lugar, pero ahí atendés a otro tipo de gente, ese público se parece más a vos, son más jóvenes pero  igual usan muletas y otros sillas de ruedas. Son los chiquitos de la Clínica de Espina Bífida del Hospital de niños. A ellos les pintás las muletas de color.

Con tu “jocoso” modo de ser insististe en lo cansado que resultan las preguntas tontas, esas que hace la gente “normal”: “ay amiguito, estás todo mojado, ¿no traés paraguas? Indicaste maliciosamente: “¿traigo paraguas?… ¡Ah la puta, “guevón” o traigo paraguas o camino!”. Todos se rieron sin parar.

Periodista, punto y coma

Filed under: Sin categoría — Raquel León at 8:45 pm on miércoles, julio 30, 2014

Por Raquel León Rodríguez

¡Recorcholis Batman! Una de las siete carreras en las cuales un joven no podría encontrar trabajo, es periodismo. Eso se dice hace rato y según una nota de teletica.com a través de una especialista del CONARE me lo confirma. Pero heme aquí, leyendo un “artículo” de alguna revista, de alguien que precisamente no es periodista. Un inicio sin premisa, un puño de párrafos sin fuentes, llenando los vacíos con varias fotos bien afinadas por Photoshop. ¡Y sí, para escribir una nota no hay que ser periodista! Pero como duele eso.

 Colegas, de meseros, tocando música en algún bar o  sonriendo frente a una vitrina de servicio al cliente. Otros  trabajando en campañas políticas mordiéndose la lengua porque hay que ganarse los frijoles. No importa cual motivo nos haya llevado a querer ser periodistas;

Foto tomada de internet.

Foto tomada de internet.

algunos con sueños de maquillaje y televisión, otros con convertirse en comentaristas de Fox Sport  o  simplemente nacieron con el gusanito del “metiche” adentro. Lo sé, porque desde que tenía cinco años grababa un “programa de radio” donde mi hermano menor me ayudaba como “entrevistado”.

  Durante cinco años  me tocó cumplir con horario de oficina sacando copias y atendiendo llamadas para luego meterle puño, letra y voz  a las columnas, reportajes televisivos o notas radiofónicas que me dejaban de tarea, pero ese era mi mundo onírico; mis noches como estudiante en la universidad. Me estaba formando como periodista, una que pudiera con toda la capacidad y actitud enfrentarse a las salas de redacción o reportear un rato.  Así como yo, mis compañeros hicieron el mismo sacrificio. Unos creciendo como  profesionales  y a otros esperando el chance en que la vida los tome en cuenta.

Pero sigo leyendo el “artículo”, pazco, cursi, sin arte ni parte. Sin embargo, algún medio se lo publicó y eso ya es ganancia, le da más currículo a alguien que simplemente le dio por escribir algo. ¡Ojo! No tengo  nada contra quien escribe lo que piensa, pero si me “encachimba” que desvirtúen la jugosa virtud de saber escribir, o por lo menos la conciencia de redactar en función de la compresión de un público, porque mis colegas saben a lo que me refiero, el valor que tiene  escribir o hablar de forma sencilla para que todos entiendan, pero con glamour para no parecerse a cualquiera.

Lastimosamente, el periodismo, no tiene la ventaja que tienen otras carreras, el abogado es abogado o el doctor es doctor hasta que alguien los certifica. El periodista, es aquel que muchas veces sólo comenta sobre un partido o en estos tiempos modernos, alguien que tiene muchos followers en Twitter, pero que nunca tuvo la intención de pasar  por el proceso de conocer a su fuente o los paso elementales para una entrevista. Claro está, un periodista titulado necesita experiencia, necesita garra de calle, regaños de los colegas de la vieja guardia, necesita crecer como un verdadero profesional en el área de la comunicación, pero si seguimos viviendo en un país con un mercado tan cerrado o dándole pelota a gente que está “in” pero que de comunicadores no tienen nada ¿Qué hacemos? Acumular títulos y seguir sacando copias.

Dicen que hay que ser paciente, que las puertas se abren, pero a lo mejor nos toca llamar a algunos de los señores del Servicio Especial de Respuesta Táctica (S.E.R.T) para que nos colaboren con botar algunas puertas y salir de ese letargo laboral. Si me dicen que el problema está en que muchas personas estudian periodismo y “no hay cama pa´ tanta gente”, pues que se lo barajen a la niña que desde que tiene uso de razón, no se imaginó su vida haciendo otra cosa.

En la calle hay muchos, cantantes frustrados, bailarines frustrados, poetas frustrados, pero en definitiva yo no quiero ir caminando por la Avenida Central y sentirme una periodista frustrada. Un día le dije a un amigo que admiraba a la gente que vivía de lo que amaba, porque no conocía otra forma de vivir ¡Puña! Yo me quiero admirar de mi misma entonces.

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